domingo, 1 de diciembre de 2013

We grow steady as the morning



Creo que no pensamos en lo que realmente importaba. En si aquella era la vida con la que habíamos soñado tanto tiempo, si habitábamos la fábrica de ilusiones que se alimenta de mitos callejeros.  Si nos atrevíamos a ver algo, era a través del cristal empañado de un tren en funcionamiento. Con las manos frías y las venas calientes. Había miedo en los poros de nuestra piel, miedo de que un ayer se convirtiese en un hace siglos. Y qué nos queda si no recuerdos. 

martes, 29 de octubre de 2013

Twined and twisted






Habitaba piel manchada. Enclaustramiento de biblioteca y años inservibles. Temí que no lograse soplar las velas como es debido, porque era una de esas chicas a quienes no les queda aire en los pulmones.
Sus henchidos carrillos parecían a punto de explotar, como un pequeño globo con demasiado aire en su interior. Sus labios apenas eran una línea torcida, “un renglón mal trazado”, tal y como solía decir su propia abuela. Los apretaba con tanta fuerza que solían desaparecer. Los chicos que la habían besado afirmaban que su saliva sabía amarga como las pepitas de manzana. Quizás se debiese al hecho de que no era de palabras dulces.
Le gustaba subir cuestas,  pero odiaba bajarlas. A veces caminaba sin descanso hasta la cima más alta. Era de piernas enclenques, pero resistencia de acero. Durante el ascenso sorteaba las rocas con la gracilidad de una cabra montesa, pero cuando tenía que volver sobre sus pasos, se tropezaba con frecuencia.

En su última excursión los árboles ya comenzaban a desnudarse y las copas se teñían paulatinamente del color del azafrán. Y bajo alguno de aquellos árboles había hierba mojada, briznas regadas por el llanto, barro húmedo que se negaba a endurecer.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

There's loneliness we cling to

A veces se siente que, por inercia, el mundo ha dejado de girar. Que se ha quedado suspendido, como una mota de polvo que se niega a continuar luchando contra el viento, como una hoja caduca que flota sobre el lago apacible, donde el rumor del agua apenas se eleva por encima de la propia respiración.  Y en esa eterna quietud inquebrantable, inundan las ganas de contemplar. De ver más allá de los límites que traza el camino, de atravesar el linde del bosque y atreverse a soñar qué es lo que esconden los arbustos. Comenzar, de este modo, a olvidar. A olvidar el abismo que se erige bajo nuestros pies, los escritos inacabados, la taza fría sobre la mesa y las palabras que nunca se atrevieron a salir de la bóveda de tu paladar. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Waldeinsamkeit



La soledad engulle al auténtico viajero. Lo arrastra y bambolea con la misma fuerza que el vendaval de otoño atiza el trigo sin recolectar. Si por comodidad o despreocupación, este se halla desprovisto de equipaje, le asalta la idea de que no hay nada más pesado que unos pies que no saben adónde se dirigen. 

sábado, 24 de agosto de 2013

Cronopios de verano




El aroma a lavanda se entremezclaba en el denso aire de verano, como un rastro tímido que se resiste a cobrar demasiada importancia. Su piel de armiño se tostaba poco a poco, adquiriendo el agradable color de las hojas del abedul en otoño.
Permaneció varios minutos contemplando una blanca mariposa. Daba pequeños saltos en el aire, virando de repente a merced de los apenas perceptibles cambios de brisa. Cerraba sus finas y tersas alas de golpe al posarse sobre el tierno tallo del rosal. Había inseguridad en su vuelo, como si no supiera a ciencia cierta junto a cuál de todos los estambres se detendría.
Pensó que era extraño que hubiera sobrevivido a la noche, al olvido, al tiempo. Veía su hogar en aquel joven olivo, pero la promesa de lo conocido había dejado de existir. Esa sensación perenne de ser extranjera en todas partes, de no pertenecer a ningún trozo de tierra. Vagar sin nombre, con un pasado que podría haber sido de cualquiera. Y le pareció que quizás todo aquello no era cierto, que todas aquellas personas nunca existieron en realidad, sino que fueron un producto de su mente que, atormentada por la soledad, los había ido creando como un demiurgo con ganas de dar vida.

La vida. Hacía tiempo que no se sentía tan viva como ahora. Quizás porque no se preocupaba por vivir, sino que, sencillamente, respiraba y contemplaba. Y observaba como una espectadora que no había sido invitada, como una intrusa que espiaba escenas que no le habían tocado vivir. Se había reencontrado con aquella mente perezosa que podía pasarse inerte durante horas, limitándose a disfrutar del declive del sol y del paso de los minutos, como si no hubiera ningún punto final que tuviese que ser escrito.

domingo, 11 de agosto de 2013

Estación de encuentro




No hay nada más cierto que esta piel que se pudre, que estos pies que se cansan de caminar y esta niebla que anega los ojos. Podríamos hablar durante horas, debatir sobre qué hay al final del trayecto y tejer las próximas despedidas, pero nos mantenemos en silencio, con las palabras enredadas en los labios y dos corazones arrítmicos que nunca saben ponerse de acuerdo. Y esa lista infinita de “podríamos” nos brinda alas y al mismo tiempo nos ata al suelo, nos subyuga a la posibilidad de que nunca se cumpla.
La estación está ante mí, como un monstruo de hierro que no duerme, una máquina de sueños que empapa de luz y humo la ciudad. Siempre pienso que son lugares donde se fabricaban las historias, donde el mundo parece un poco menos grande y las manos juegan a desenlazarse.

Con pasos trémulos y ausentes, bajo la atenta mirada de un revisor que no parece reparar en mi nerviosismo, me adentro entre el gentío y comienzo a buscar. Observo como una niña que supervisa minuciosamente un escaparate de una tienda de juguetes, intentando localizar algo que haga girar los engranajes de mi corazón, oxidados por el paso del tiempo. Mis ojos recorren inquietos cada rincón de la estación, se posan como golondrinas sobre los andenes, los raíles y la cúpula de vidrio que se yergue sobre mi cabeza, hasta el punto de que este incesante revoloteo acaba por marearme. Creo que empieza a llover, o acaso es producto de mi cansancio. Y las gotas de lluvia martillean mis sienes, las agujerean hasta que no hay nada más que un andén vacío y un mecanismo roto que no deja de traquetear. 

martes, 16 de julio de 2013

Aprender a olvidarme de recordarte






Si llovía sobre las baldosas de tus omóplatos, nadie se preocupó por cubrirlas de lana. El tiempo pasaba, pero tú te mantenías estática como una veleta a la que el viento no afecta. Veías pasar los segundos en procesión, saltando de rama en rama como insectos que se niegan a hacer caso de la gravedad que les recae sobre las patas. Y si algunos volaban hacia el sur para buscar los rayos del sol, tú te marchabas hacia donde el agua rara vez fluye. A lo lejos recortaban los edificios el cielo como cuchillas, rasgando el horizonte con sus cúspides de metal. Y tú soñabas con casas blancas, tejados planos y macetas en los balcones. Entonces te preguntabas cuántas veces tendría que ponerse el sol para que la agitación cesase, para que la ilusión no terminase agriándose durante el camino. Bastaba cerrar los ojos para estar allí y, sin embargo, tan lejos.  



la pequeña viajera
moría explicando su muerte

sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente