A
veces se siente que, por inercia, el mundo ha dejado de girar. Que se ha
quedado suspendido, como una mota de polvo que se niega a continuar luchando
contra el viento, como una hoja caduca que flota sobre el lago apacible, donde
el rumor del agua apenas se eleva por encima de la propia respiración. Y en esa eterna quietud inquebrantable,
inundan las ganas de contemplar. De ver más allá de los límites que traza el
camino, de atravesar el linde del bosque y atreverse a soñar qué es lo que
esconden los arbustos. Comenzar, de este modo, a olvidar. A olvidar el abismo
que se erige bajo nuestros pies, los escritos inacabados, la taza fría sobre la
mesa y las palabras que nunca se atrevieron a salir de la bóveda de tu paladar. miércoles, 18 de septiembre de 2013
There's loneliness we cling to
A
veces se siente que, por inercia, el mundo ha dejado de girar. Que se ha
quedado suspendido, como una mota de polvo que se niega a continuar luchando
contra el viento, como una hoja caduca que flota sobre el lago apacible, donde
el rumor del agua apenas se eleva por encima de la propia respiración. Y en esa eterna quietud inquebrantable,
inundan las ganas de contemplar. De ver más allá de los límites que traza el
camino, de atravesar el linde del bosque y atreverse a soñar qué es lo que
esconden los arbustos. Comenzar, de este modo, a olvidar. A olvidar el abismo
que se erige bajo nuestros pies, los escritos inacabados, la taza fría sobre la
mesa y las palabras que nunca se atrevieron a salir de la bóveda de tu paladar. lunes, 9 de septiembre de 2013
Waldeinsamkeit
La
soledad engulle al auténtico viajero. Lo arrastra y bambolea con la misma
fuerza que el vendaval de otoño atiza el trigo sin recolectar. Si por comodidad
o despreocupación, este se halla desprovisto de equipaje, le asalta la idea de
que no hay nada más pesado que unos pies que no saben adónde se dirigen.
sábado, 24 de agosto de 2013
Cronopios de verano
El
aroma a lavanda se entremezclaba en el denso aire de verano, como un rastro
tímido que se resiste a cobrar demasiada importancia. Su piel de armiño se
tostaba poco a poco, adquiriendo el agradable color de las hojas del abedul en
otoño.
Permaneció
varios minutos contemplando una blanca mariposa. Daba pequeños saltos en el
aire, virando de repente a merced de los apenas perceptibles cambios de brisa.
Cerraba sus finas y tersas alas de golpe al posarse sobre el tierno tallo del
rosal. Había inseguridad en su vuelo, como si no supiera a ciencia cierta junto
a cuál de todos los estambres se detendría.
Pensó
que era extraño que hubiera sobrevivido a la noche, al olvido, al tiempo. Veía
su hogar en aquel joven olivo, pero la promesa de lo conocido había dejado de
existir. Esa sensación perenne de ser extranjera en todas partes, de no
pertenecer a ningún trozo de tierra. Vagar sin nombre, con un pasado que podría
haber sido de cualquiera. Y le pareció que quizás todo aquello no era cierto,
que todas aquellas personas nunca existieron en realidad, sino que fueron un
producto de su mente que, atormentada por la soledad, los había ido creando
como un demiurgo con ganas de dar vida.
La
vida. Hacía tiempo que no se sentía tan viva como ahora. Quizás porque no se
preocupaba por vivir, sino que, sencillamente, respiraba y contemplaba. Y
observaba como una espectadora que no había sido invitada, como una intrusa que
espiaba escenas que no le habían tocado vivir. Se había reencontrado con
aquella mente perezosa que podía pasarse inerte durante horas, limitándose a
disfrutar del declive del sol y del paso de los minutos, como si no hubiera
ningún punto final que tuviese que ser escrito.
domingo, 11 de agosto de 2013
Estación de encuentro
No
hay nada más cierto que esta piel que se pudre, que estos pies que se cansan de
caminar y esta niebla que anega los ojos. Podríamos hablar durante horas,
debatir sobre qué hay al final del trayecto y tejer las próximas despedidas,
pero nos mantenemos en silencio, con las palabras enredadas en los labios y dos
corazones arrítmicos que nunca saben ponerse de acuerdo. Y esa lista infinita
de “podríamos” nos brinda alas y al mismo tiempo nos ata al suelo, nos subyuga a
la posibilidad de que nunca se cumpla.
La
estación está ante mí, como un monstruo de hierro que no duerme, una máquina de
sueños que empapa de luz y humo la ciudad. Siempre pienso que son lugares donde
se fabricaban las historias, donde el mundo parece un poco menos grande y las
manos juegan a desenlazarse.
Con
pasos trémulos y ausentes, bajo la atenta mirada de un revisor que no parece
reparar en mi nerviosismo, me adentro entre el gentío y comienzo a buscar.
Observo como una niña que supervisa minuciosamente un escaparate de una tienda
de juguetes, intentando localizar algo que haga girar los engranajes de mi
corazón, oxidados por el paso del tiempo. Mis ojos recorren inquietos cada
rincón de la estación, se posan como golondrinas sobre los andenes, los raíles
y la cúpula de vidrio que se yergue sobre mi cabeza, hasta el punto de que este
incesante revoloteo acaba por marearme. Creo que empieza a llover, o acaso es
producto de mi cansancio. Y las gotas de lluvia martillean mis sienes, las
agujerean hasta que no hay nada más que un andén vacío y un mecanismo roto que
no deja de traquetear.
martes, 16 de julio de 2013
Aprender a olvidarme de recordarte
Si
llovía sobre las baldosas de tus omóplatos, nadie se preocupó por cubrirlas de
lana. El tiempo pasaba, pero tú te mantenías estática como una veleta a la que
el viento no afecta. Veías pasar los segundos en procesión, saltando de rama en
rama como insectos que se niegan a hacer caso de la gravedad que les recae
sobre las patas. Y si algunos volaban hacia el sur para buscar los rayos del
sol, tú te marchabas hacia donde el agua rara vez fluye. A lo lejos recortaban
los edificios el cielo como cuchillas, rasgando el horizonte con sus cúspides de
metal. Y tú soñabas con casas blancas, tejados planos y macetas en los
balcones. Entonces te preguntabas cuántas veces tendría que ponerse el sol para
que la agitación cesase, para que la ilusión no terminase agriándose durante el
camino. Bastaba cerrar los ojos para estar allí y, sin embargo, tan lejos.
la pequeña viajera
moría explicando su muerte
sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente
jueves, 20 de junio de 2013
Cuando la tierra se vuelve extranjera
Me
asomé por el balcón, con cuidado de no acabar con los pies manchados por la
ceniza esparcida sobre las baldosas. Cedí ante el peso de mi cuerpo, clavándome
la barandilla y quedándome sin más respiración que la de unos pulmones que
fumaban demasiado. Observé, no sin cierto recelo, cómo toda aquella gente
caminaba sin detenerse.
Hacía
tiempo que había dejado de cocinar, pero el olor a col hervida todavía se me
pegaba a la camisa. Lejos de sentir agobio o incomodidad, albergaba la duda
inexacta de si aquel era mi cuerpo y aquellas eran realmente mis manos. Palmas
resbaladizas y secas por el viento de poniente. De si aquello que se extendía
ante mis ojos era una ciudad que yo misma soñaba o si era la propia ciudad la
que a mí me imaginaba, como parte de una obra inacabada e imperfecta. Porque,
de alguna manera u otra, me había terminado perdiendo. Había desparramado
trozos de mí en aquella ciudad, o tal vez me los habían arrancado.
Entonces
me acordé de aquella otra lejana ciudad donde las palabras salen acompañadas de
vaho, donde los pájaros duermen de día y los balcones se escarchan con la
primera luz del alba. Y me di cuenta de que estaba lejos, tan lejos que ni
siquiera sabía en cuántos trenes tenía que subirme ni cuántas horas de trayecto
habrían de pasar. Tan lejos que dolía más que la barandilla bajo las costillas,
por lo que dejé de respirar.
domingo, 19 de mayo de 2013
De aquí al mañana solo hay un cierre de pestañas
Sé que pronto todos nos iremos. Que nos preguntaremos, con la duda bajo el paladar, si acaso alguna vez nuestros cuerpos estuvieron en un mismo cuarto, si hubo noches de insomnio donde las palabras le ganaron la batalla al intermitente canto de los grillos. Y podemos fingir que perviviremos en el recuerdo sin pagar nada a cambio, pero el olvido siempre acaba apareciendo tarde o temprano.
Porque hay viajes que agrietan el miocardio, de los que recuerdan que unos parten mientras otros regresan. Con libros que tiemblan sobre el regazo por el traqueteo del tren, palabras que bailan en torno a raíles oxidados y amaneceres desenfocados tras el cristal. Y de pronto nos damos cuenta de que no nos quedaban manos para decir adiós, ni lágrimas para lamentar kilómetros de distancia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











