Me miró de soslayo, torciendo el gesto mientras
giraba sobre sus pequeñas bailarinas de charol. Esperaba mi aprobación, pero yo
me tragué las palabras y le di otro sorbo al vaso de cristal. Afuera el otoño
arrastraba la hojarasca de la acera, llevándose el polvo de un verano donde no
hubo más que sudor de trabajo en las viñas, bajo un ardiente sol que tostó
nuestras pieles sin contemplación. Y una bolsa de plástico bailaba avenida
abajo, mientras ella trastabillaba como una peonza recién lanzada por la
alfombra del salón. Llegó un momento en el que el encaje blanco no era más que
espuma de mar, porque mis ojos no terminaban de acostumbrarse a la velocidad
del cambio. Me acordé de lo bonitas que eran las cúpulas en Viena, de los
balcones con tiestos sin flores y de aquel zumo de uvas que nunca llegó a fermentar.
Se acercó un poco más y me susurró algo al oído:
─Si no sales conmigo afuera, el cielo
besará la tierra sin que nosotros podamos verlo.
Y así fue como las nubes escucharon las
palabras de Cecilia y empezó a llover de repente. Al principio despacio, un
repiqueteo intermitente que tan solo acariciaba la hierba, pero al rato cayó
una tromba con la fuerza de una cascada. Tuve miedo de que nos perforara la
piel, pero ella quería ir a por las uvas. Porque si las uvas se echaban a
perder, ¿qué sentido tenía todo aquello?












