Se nos ahogan las palabras en el paladar. Ya casi no nos vemos. Estás tan distante que a duras penas puedo tocarte sin sentir que no eres más que un espectro lejano.
Siempre pensé que tendríamos un porqué en el que desenvolvernos con ganas de compartir sensaciones, pero es hoy más que nunca cuando veo que éstas volaron hacia el infinito (y quizás más allá).
Día 26
Hoy tengo vida azul violeta que sabe a frío y a humedad. El desplazamiento nebular dentro de tus ojos se ha detenido desde aquel preciso instante en el que te grité que reaccionaras. Reaccionar. Bonito verbo donde los haya. ¿A qué? Tal vez a mi olor, a mi presencia, a mis besos. Aún no lo tengo del todo claro.
Día 40
Ahora me hablas del suicidio, de luciérnagas y de eternidad. Parece que estás ciega ante la vida, sólo se te despiertan las esperanzas con detalles simples como el parpadeo de las luciérnagas. Te intento hablar de nosotros, pero no me escuchas. Tú no estás aquí, estás demasiado lejos. Estás con las luciérnagas del cielo, y lo sé. Pero yo me niego a aceptarlo.
Día 165
Parece que es así. Te has ido para siempre. ¿Por qué parpadean las luciérnagas? Ahora sí lo sé. Las luciérnagas destellan porque las cosas bonitas nunca duran. Aunque tú siempre has sido eterna. Siempre has sido (y serás) mi pequeña y efímera eternidad.


