¡Volví! Y gracias por los comentarios de la última entrada. La verdad es que Suiza es preciosa, y a una la ayuda a despejarse un poco las ideas :]
Daniela también estuvo por Annecy unos días (salió del cuarto de baño que la oxidaba), y no me quedó más remedio que guardar por escrito la segunda de sus experiencias que tuvieron lugar en un recodo de mi imaginación.
Y he aquí el resultado.
Daniela estaba convencida de que la longitud de los días estaba proporcionalmente relacionada con el número de cosas aprendidas. Véase, por ejemplo, aquella tarde de mediados de agosto -a orillas del lago de Annecy-.
A las ocho, cuando ya había amanecido por completo y la humedad se palpaba hasta en los calcetines color chocolate, metió con precaución la punta del dedo en el lago. Y allá estaba, una hora más de mañana. Porque asimiló que su agua estaba fría cuando los rayos de Sol todavía no incidían con f
uerza, y que aquel era uno de los lagos más limpios de Europa –casi tan limpio como las mejillas oxigenadas de Adeline-.
El día apenas se alargó cuando comprendió que, al ser ya las siete de la tarde, tratándose de un quince de mediados de agosto, nadie más acudiría a comprobar si el agua seguía fría o si se había calentado apenas dos grados más. Y eso la deprimió algo, por lo que decidió volver al día siguiente, el cual se prolongaría todavía más que el anterior.
Daniela también estuvo por Annecy unos días (salió del cuarto de baño que la oxidaba), y no me quedó más remedio que guardar por escrito la segunda de sus experiencias que tuvieron lugar en un recodo de mi imaginación.
Y he aquí el resultado.
Daniela estaba convencida de que la longitud de los días estaba proporcionalmente relacionada con el número de cosas aprendidas. Véase, por ejemplo, aquella tarde de mediados de agosto -a orillas del lago de Annecy-.
A las ocho, cuando ya había amanecido por completo y la humedad se palpaba hasta en los calcetines color chocolate, metió con precaución la punta del dedo en el lago. Y allá estaba, una hora más de mañana. Porque asimiló que su agua estaba fría cuando los rayos de Sol todavía no incidían con f
uerza, y que aquel era uno de los lagos más limpios de Europa –casi tan limpio como las mejillas oxigenadas de Adeline-.El día apenas se alargó cuando comprendió que, al ser ya las siete de la tarde, tratándose de un quince de mediados de agosto, nadie más acudiría a comprobar si el agua seguía fría o si se había calentado apenas dos grados más. Y eso la deprimió algo, por lo que decidió volver al día siguiente, el cual se prolongaría todavía más que el anterior.





