
Recuerdo que hacía un frío de mil demonios, tú girabas la cabeza en dirección a la nada, y yo perpendicularmente hacia mi futuro. Los dos ausentados del mundo, en permanente estado de alienación, intentando mantener las retinas secas por el viento, sin pestañear ni una vez. Lanzaste un apelativo al aire, pero éste se lo llevó, y se fue perdiendo en las manzanas de la ciudad, como el eco de los príncipes desheredados; o, mejor dicho, de aquellos sin reino. Oí tu reverberación, porque incluso ésta se escuchaba en mis sentidos desarraigados, y juro que era música redentora que hizo temblar hasta el desierto de mi pabellón auditivo, que llevaba años masticando chirridos inaguantables.
Mantuvimos una conversación de éstas que no llevan a ninguna parte, indagando en la política del país e intentando definir el grisáceo color de tu iris.
Estábamos atados a esa vulgarización que se perpetuaba día a día, y acabé aborreciéndote al cabo de tres noches. Fui abriéndome paso entre tus quejidos, aspirando el aire con pelusas de mis anteriores amoríos, expulsándolo mediante pequeñas bocanadas, ahogándome entre ese gustazo de no ser nadie por no tener complemento alguno.
Se pasó rápido, pronto volví a saborear con deleite la amargura de ir yendo por las calles con la mirada perdida, pudiendo pararme donde me daba la santísima y real gana; además de ir contando las baldosas amarillas que recorría cada domingo libre, cuando mi corazón está tan vacío, que a una la hace sentir llena.