
Me siento con la mirada perdida, por si consigo divisarte en lo no visible, pero me es inútil. Entonces me califican de dormida, y yo les sonrío, porque a todo el mundo le agradan las sonrisas, y supongo que a ti también te gustarían en labios extranjeros. Pero hay días en los que ni la mueca de la carcajada se vislumbra en la comisura de la delgada línea que separa la realidad de la mentira, y entonces alguien te suelta un “¿Qué te pasa? Sé que te pasa algo, enseguida te lo noto”. Claro, a ver cómo le explicas al compañero de toda la vida, el cual no ha puesto el más mínimo interés en deducir si la sonrisa de ayer era al menos un poco sincera, que te has tenido que tragar la palabrería barata y la sencilla conclusión de que eres un grano de arena en un mundo desértico. Porque hace tiempo que sólo nos rodea la insignificancia, y algún día que otro consigues ver a duras penas un pequeño oasis afrodisíaco, que cuando está frente a tus ojos no es nada más que polvo.




