sábado, 16 de mayo de 2009

Serrín celular


Y esto de estar andando con los pies en otra parte, a una la mata poco a poco. Porque yo no te veo, ¿sabes? Pero consigo oler cada sustancia volátil que aún permanece asida en el dorso de mi calcetín desgastado. Un paso en la Tierra son kilómetros recorridos en la superficie lunar de tu retina.
Me siento con la mirada perdida, por si consigo divisarte en lo no visible, pero me es inútil. Entonces me califican de dormida, y yo les sonrío, porque a todo el mundo le agradan las sonrisas, y supongo que a ti también te gustarían en labios extranjeros. Pero hay días en los que ni la mueca de la carcajada se vislumbra en la comisura de la delgada línea que separa la realidad de la mentira, y entonces alguien te suelta un “¿Qué te pasa? Sé que te pasa algo, enseguida te lo noto”. Claro, a ver cómo le explicas al compañero de toda la vida, el cual no ha puesto el más mínimo interés en deducir si la sonrisa de ayer era al menos un poco sincera, que te has tenido que tragar la palabrería barata y la sencilla conclusión de que eres un grano de arena en un mundo desértico. Porque hace tiempo que sólo nos rodea la insignificancia, y algún día que otro consigues ver a duras penas un pequeño oasis afrodisíaco, que cuando está frente a tus ojos no es nada más que polvo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

I love your glasses

Le miró con el desasosiego estampado en cada pupila de ceniza.
-¿Qué posición ocupo en la lista de tus prioridades? –lo dijo rápido, intentando no atragantarse con las palabras y aparentar serenidad al mismo tiempo.
-Ninguna –susurró, sin apenas inmutarse, y comenzó a jugar con un mechón chocolate de su pelo. Enrollando y desenrollando cada fibra capilar, como si de un spaghetti se tratase, y sus dedos fueran el tenedor.
-¿Quieres decirme que ni tan siquiera me puedes dar el último puesto? Eso es muy patético –la angustia se la comía por dentro, pero no lloraba por miedo a desbordarse y manchar su vestido nuevo-. Al menos podrías haber ido con más tacto a la hora de decírmelo…
-Me gustan tus gafas –se limitó a contestar.
-¿Qué…?
-Eso, me gustan tus gafas. Y no importa si están sucias, si tienen una mota de polvo en el cristal, si con el tiempo pasan de moda y acaban en algún escaparate de viejas antiguallas, o si alguien las chafa y se fragmentan en mil añicos. Seguirán siendo mis gafas favoritas –dejó de juguetear con el pelo y deslizó la yema del dedo sobre la clavícula de Nadia-. Ah, y no eres una prioridad en mi vida, de ésas tengo muchas. Pero tú eres única, así que tan sólo puedes ser calificada de necesidad.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Ducha matinal














Un amparo bajo el montículo de tu espalda espumosa impregnada en gel de Deliplus, con las burbujitas chispeantes y adúlteras del silencio de mis gemidos.
Dos o tres sonrisas de plata manchadas en células de mi epidermis, que segundos antes has desgarrado con la saña y el temple de un hidalgo de la Mancha.
Las constelaciones pecosas de tu cintura, con aquella trampilla mía que baja como caminito de baldosas amarillas hasta debajo de tu ombligo.
Y aun así y todo, me dejas con sed de sacarte las entrañas a embestidas, de jugarme la vida a que todavía queda más noche de la que la luna es capaz de entregarnos a escondidas.

jueves, 30 de abril de 2009

Duracell salinas















Tengo ganas de domesticar el temor a romper el techo de planificaciones cotidianas, de pensar que ya no te quiero, que todo esto es una farsa.
Dejar de ser el aguacero de aguas cambiantes, trepar por la escalera del auto-convencimiento –con los escalones de dos en dos- y no ser una uña carnada que produce dolor a la cutícula más sensible. Decirme a mí misma que soy jodidamente feliz, que el adjetivo sí existe (por mucho que la gente se empeñe en rechazarlo) y que ahora no pierdo el tiempo intentando autorretratarme en unas pocas líneas. Que es la arena de la adolescencia la que me empaña las pupilas, algo pasajero y momentáneo, como la batería de las pilas.

viernes, 24 de abril de 2009

Caleidosférico



















No hace mucho, los signos que pululaban por mi anillo vital no eran más que papeles en botellas de cristal, aquel tipo de palabras que no te hacen pensar. Pero ahora, aunque sea el nombre de una ciudad, una fotografía lomográfica, una canción con un balance de blancos amarilleado o una jaqueca del raciocinio que me vuelve loca, pierdo los papeles que estuvieron agarrados con chinchetas, y cabe la posibilidad de que me hunda en un mar de aceite caducado.
Mis ojos están en modo saturación, en un formato que no admite sobresaltos ni un latido de corazón de hojalata a bocajarro. Además, ya no hay olor a tulipanes recién cortados, ni a azahar(a).
Porque cuando te quitan todo y te quedas con el polvo del álbum de los recuerdos, no te queda más remedio que intoxicarte con él y espolvoreártelo como el azúcar glas.

miércoles, 15 de abril de 2009

Di que soy un pájaro


Llovía a cántaros, se formaban aguaceros a cal y canto –con un principio definido y un final alternativo-, sobre la cuerda floja que delimitaba la entelequia de la cordura propia del día a día. Y unas gotitas colgaban del filamento, con la cabeza más gruesa de tanto vacilar, y con los pies en (Tembleque), por no saber si soñar o volver a la cruda realidad.
Una quería ser astronauta de cualquier metrópoli del mundo, otra deseaba dejarse caer con fuerza para desprenderse de la propia esencia y evaporarse de tanta sed de sentimientos; la última quería ser corriente de agua, afiliarse con alguna organización como pudiera ser la de Kallipolis –natación sincronizada, que no ciudad ideal-. Tanto egoísmo había por parte de cada una por conseguir su meta y fin pautado, que se quedaron allí sin poder moverse, con una planificación inservible y la resignación a ser una simple porción de líquido preciado.

miércoles, 8 de abril de 2009

Cerezos de abril


Giré la vista en una dirección perpendicular al cerezo (de Abajo), y entonces perdí la orientación sin quererlo ni buscarlo.
Fui huyendo paulatinamente, entre piedras y guijarros mojados, con una fina película musgosa. Ninguneando a cualquier viandante que intentara cruzarse con mi mirada, especialmente con la tuya. Intenté alcanzar con la punta de mi pelo un trocito de cielo sideral, pero me era demasiado lejano, y me tuve que conformar con la ilusión fotografiada de que lo conseguía. Soñé en nubes inconsistentes de tiza, retozándome con sus vertientes para desdibujar tu nombre incompleto en cada recodo no invadido por éstas; la aprensión por releerlo una vez más era suficiente para atenazarme y no acabar la última letra.
Las piernas flojeaban por tener que soportarme sobre aquel tronco añoso y desproporcionado, así que seguí balanceándome un rato más, mientras tu recuerdo discurría por la superficie de mi clavícula, y yo intentaba (infructuosamente) desprenderme de él a toda costa, lanzando indirectas a la hierba bañada en rocío primaveral.